La atención mundial se ha centrado en el coronavirus y sus estragos, la posible cura y los debates están a la luz del día.

todas las miradas se han posado en el covid 19, y nos hemos olvidado que en África y concretamente en Sudan la gente muere por inanición mucho mas que en cualquier país occidental por el coronavirus.

Aquí les dejamos un relato desgarrador de lo que se vive en este país, que lo han denominado el Infierno en la tierra.

Hay un momento en el que cae sobre ti como una fiera salvaje -dice Nyatuak-. Te derriba y ya no te suelta. Y solo quieres escapar, acabar con ese picor de la piel arrancándotela con las uñas, cualquier cosa con tal de que pare. Y cuando por fin se detiene, porque el cansancio ya se extiende sobre ti como una manta harapienta, con tus piernas delgadas como ramas, tu garganta hinchada… cuando estás tan consumida que no puedes ni sacudirte las moscas, entonces sabes que te ha vencido». Es Buoth, como la llaman los nuers. El hambre.

Nyatuak consiguió escapar de ella. Llegó al campo de refugiados hace poco. Vino con sus cuatro hijos y algunas personas más de su aldea. La aldea de Nyatuak se encuentra a cuatro días a pie de distancia, en plena zona 5. En la escala de Naciones Unidas, esta denominación significa hambruna. El término es un tanto engañoso porque, en realidad, el hambre se ha adueñado de todo Sudán del Sur. Zona 5 solo implica que la mortandad está fuera de control.

Ese fue el motivo de que Naciones Unidas hiciera sonar la alarma el pasado mes de febrero. Y no solo para Sudán del Sur, también para varios países más de África. Esta hambruna constituye la mayor catástrofe humanitaria desde 1945. Pero mientras que en Kenia y Etiopía la responsable de la mortandad es la sequía, en Sudán del Sur es el propio ser humano. «Las armas han traído el hambre», dice Nyatuak.

Las noches en las que Nyatuak no consigue conciliar el sueño, las imágenes de su memoria vuelven a asaltarla. La cara de su vecina, por ejemplo, que perdió todo el pelo de la cabeza, o la del bebé de ojos enormes mamando del pecho de su madre muerta, y luego las de aquella noche en la que la antigua vida de Nyatuak llegó a su fin.

Era una buena vida. Nyatuak vivía con su marido en una choza en las afueras de la aldea. Él trabajaba en el mercado cargando camiones. Nyatuak se encargaba de los niños y del ganado. Su familia tenía cien vacas y diez cabras. Por las noches, Nyatuak cocía leche para los niños antes de acostarlos. Tenía esperanza en el futuro, para su familia y para su país.

Fuente XLsemanal

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