Sandra Gómez, 30 años Licenciada en derecho/operaria de almacén

«Soy licenciada en Derecho. Estaba preparando las oposiciones a la Administración de Justicia, que debían celebrarse en mayo. Pero la convocatoria se ha aplazado y todavía no hay nueva fecha. Ante la incertidumbre, he optado por trabajar. No se me caen los anillos. Me levanto a las siete para hacer las cosas de casa y me voy al almacén. Llevo casi un mes. Soy eventual. En principio, es para tres meses. De lunes a sábado. Hago el pesaje y el triado de la fruta en las cajas y otras tareas. Mi marido trabaja en una empresa de riegos agrícolas, así que no ha parado durante el estado de alarma por tratarse de un sector esencial. Nosotros no tenemos veraneo».

La buena noticia es que el sector ha demostrado su capacidad de adaptación en un momento de máxima exigencia. Y la sociedad parece haberse percatado de la importancia de tener una agricultura potente. «Después de aquellos primeros días de sensación de escasez en los supermercados la gente empezó a valorar lo que es tener producto de proximidad. No hubo desabastecimiento, ¿pero qué hubiese ocurrido si España dependiera de fronteras con terceros países para el suministro de alimentos?», se pregunta Antonio Moreno, secretario de la Unión de Pequeños Agricultores (UPA) y dueño de una explotación de nectarinas en Cieza en la que ahora trabajan un camarero y un corredor de fincas en paro. «Son ocho horas, con media hora para comer. Pero están dados de alta y al final de la jornada se van con 50 euros».

Para el atleta Benjamín Sánchez, las fincas de frutales de su pueblo forman parte del paisaje de sus entrenamientos. Una estallido de color rosa durante la floración; y el trasiego de camiones y peonadas que comienza a las puertas del verano, cuando van saliendo las cosechas de nectarinas, ciruelas y los melocotones que dan fama a Cieza (Murcia).

«Me preparo para los Juegos de Tokio, que se han retrasado a 2021. Ya estuve en los de Pekín y Londres. Mientras tanto, he encontrado empleo en una cooperativa. Voy al campo, al almacén, donde haga falta. No me da vergüenza decirlo. Se pasa mucho calor, llego a casa de madrugada, molido. Los atletas sobrevivimos gracias a las becas. Te las dan en función de los resultados, pero con las competiciones suspendidas, qué becas van a dar?».

Antes Benjamín pasaba de largo, concentrado en la cadencia de su paso, cumpliendo la rutina de kilómetros que lo debía llevar a su objetivo: los Juegos Olímpicos. La pandemia, sin embargo, lo ha obligado a coger una capaza y subirse al perigallo, la escalera de tres patas que hay que arrimar al árbol para sacarse un jornal. Como él, miles de desempleados, sobre todo del turismo y la hostelería, y un tropel de universitarios y de opositores con las convocatorias en el aire recolectan o manipulan fruta en huertos y almacenes. Porque el campo no puede parar. Porque si para, no comemos.

TOMADO DE XLS

Este también es el caso de Adelaine, que es estudiante de veterinaria, pero por la falta de dinero en esta para y porque la universidad cerro sus puertas, se vio obligada a laborar en el sector agrícola.

 

Carmelo Villa, 29 años. Camarero/conductor de carretilla

«Trabajo en la hostelería y me aplicaron un ERTE. Mi pareja y yo estamos esperando un hijo y mis ingresos son los únicos que tenemos. Por eso, cuando el Gobierno anunció que los parados por el coronavirus se podían enganchar en el sector agrícola, no lo dudé. Salí del ERTE y me vine. A manejar el ‘toro’ aprendí hace años en una fábrica de pescado. En temporada alta hay que descargar a toda prisa, el ritmo es frenético. El bar donde trabajaba ha reabierto y me han preguntado si quiero volver. He dicho que sí. El verano se presenta difícil, pero quedarse de brazos cruzados no es una opción».

¿La mala noticia? Las contradicciones del campo español no se solucionan de la noche a la mañana. «La gente se preocupa por comer más sano para tener un sistema inmunológico más fuerte. Hay más demanda, pero sigue habiendo especulación. El 8 de abril ya vendíamos a países europeos. A España no pudimos hasta principios de mayo. Y todavía había una gran cadena que, a finales de mes, no compraba fruta española. Prefería traer las ciruelas de Chile, que pasan veinte días en la cámara de un barco, cuando nosotros las recogemos por la mañana, les damos frío por la tarde y a la mañana siguiente están en Madrid y en doce horas en Berlín. Así se nos presiona para tirarnos los precios», denuncia Moreno.

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