Violó, torturó y asesinó a treinta chicas en Estados Unidos. Quizá a más. Y practicaba la necrofilia con sus víctimas. Sin embargo, Elizabeth Kendall y su hija, Molly, lo amaron durante seis años y fueron una familia. Cuando se estrena un nuevo documental sobre el famoso criminal Ted Bundy, hablamos con estas dos mujeres que, años después, siguen marcadas por el horror. Por Laura Pullman / Foto: Jenny Jimenez

 ¿Asesinos natos?

Su relación de amor duró seis años. Seis años en los que él violó, torturó y asesinó a por lo menos 30 mujeres por todo Estados Unidos. Incluso se teme que el número de víctimas pueda ser aún mayor. Ted Bundy dijo una vez de sí mismo que era «el hijo de puta más despiadado del mundo». No mentía: practicaba la necrofilia y conservaba cráneos de algunas mujeres como trofeos. Fue ejecutado en 1989 en la silla eléctrica. Tenía 42 años y hasta el día de su muerte siguió escribiendo cartas apasionadas a Elizabeth Kendall, la jovencita a la que había conocido hacía 20 años y de la que decía seguir enamorado.

Su primera víctima fue una alumna de la universidad. “Se coló en mi casa y me metió un listón de mi cama en la vagina hasta llegar a la vejiga”. Bundy se equivocó al darla por muerta…

Han pasado más de 30 años y la fascinación por el caso Bundy sigue viva. Su juicio, en 1979, fue el primero por asesinato televisado a escala nacional en Estados Unidos. Sobre él se han escrito un sinfín de libros, películas y series de televisión. Lo último es un documental de Amazon titulado Ted Bundy: Me enamoré de un asesino. En él, Kendall y su única hija, Molly, explican cómo el monstruo las deslumbró y pasó a formar parte de sus vidas. Hasta ahora Molly nunca había hablado sobre el hombre que la crio desde que tenía tres años.

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Bundy con Elizabeth Kendall en una de las fotos del álbum familiar. Él ya había violado entonces a varias mujeres.

Su historia comienza en octubre de 1969. Elizabeth Kendall tiene 24 años y acaba de instalarse en Seattle procedente de Utah, donde había crecido en el seno de una familia mormona. Conoció a Bundy en un bar. Ella dice que por entonces era una chica tímida e ingenua; ser madre, divorciada, le provocaba inseguridad. Bundy era todo lo contrario. Un tipo de 23 años, de mundo, seguro de sí mismo. «Era muy guapo, muy divertido, muy despierto. Parecía el hombre perfecto», dice Elizabeth, sentada junto a Molly en un hotel de Seattle. «Como un ángel caído del cielo. Me deslumbró desde el primer minuto».

Las fotos de esa época muestran una familia feliz, en apariencia. Las imágenes no cuentan toda la verdad. Molly, que ahora tiene 53 años, desvela por primera vez algunos detalles de su infancia. Por ejemplo, el día que Bundy se coló desnudo en su cama y eyaculó. También su costumbre de agarrarla «por la entrepierna», escurriendo los dedos bajo las braguitas. «Nunca le dije a nadie aquellas cosas tan raras que hacía Ted a veces». Y no lo hizo, explica, porque la mayor parte del tiempo, «jugábamos a toda clase de juegos. Yo sentía que era el centro absoluto de su atención».

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Ted Bundy y Elizabeth se conocieron en 1969 y eran una pareja aparentemente feliz. En 1974 Bundy, que tenía 27 años, cometió su primer crimen probado. Desde que tenía tres años, Molly, hija de Elizabeth, fue acogida por Ted como si fuera su propia hija. Recuerda buenos momentos, aunque también otros inquietantes

¿Qué piensa ahora al ver esas fotografías de su niñez? «Miro a Ted y me pregunto qué estaría pensando en ese momento. ¿Qué sentía en realidad? Los recuerdos felices se han convertido en un montón de cenizas».

Bundy comenzó a cometer asesinatos a principios de los setenta. Que se sepa, la primera víctima fue Karen Sparks, alumna de ciencias políticas en la universidad. Bundy la atacó en enero de 1974. Pero Karen sobrevivió. En el documental, la víctima cuenta por primera vez lo sucedido. «Se coló en mi casa, agarró un listón transversal de mi cama y me fracturó el cráneo. Me lo metió en la vagina hasta llegar a la vejiga». El asaltante la dejó por muerta. A Sparks, de 18 años, la encontraron 20 horas más tarde. Todavía convive con las terribles secuelas de lo sucedido.

Cartas de amor desde la cárcel

«Me he pasado la vida entera tratando de explicarlo: no sabíamos nada, no teníamos ni idea -dice Molly-. Ted Bundy nos parecía, no ya solo una persona normal, sino una persona estupenda, fantástica de veras. Siempre estaba a nuestro lado, o eso creíamos».

Elizabeth conserva las cartas de amor que el asesino le estuvo enviando desde la cárcel. En una de ellas escribía: «Voy a amarte siempre, en mis sueños. Voy a amarte hasta el último aliento».

¿Por qué sigue conservando esa correspondencia y sus fotos juntos? «Porque me resulta imposible creer que todo esto haya formado parte de mi vida. Cuando pienso que estuve enamorada de Ted Bundy… Es demencial».

“Ted nos parecía no solo una persona normal, sino una persona estupenda. Siempre estaba a nuestro lado, o eso creíamos”, cuenta Molly

Aun ajena a los asesinatos que cometía su pareja, su vida al lado de Bundy no era fácil. Tenía que soportar sus repentinos arrebatos de cólera, sus mentiras. También robaba. Kendall un día se encaró con él por esto último. Él estalló. «Si se lo cuentas a alguien, ¡te rompo el puto cuello!»

Había días en los que se ausentaba de casa durante muchas horas seguidas. «Si le preguntaba dónde había estado, se ponía furioso. Me acusaba de no respetar su libertad, me decía que estaba empeñada en controlarlo todo», explica Kendall.

Bundy se manejaba bien con su doble vida. El 31 de mayo de 1974 fue con Kendall, los padres de esta y Molly a cenar en un restaurante de Seattle. Tras dejarlos en sus casas, se marchó por su cuenta. Por la mañana llegó con retraso a una cita. Kendall después se enteró de que una joven llamada Brenda Ball, vecina de un pueblo cercano, había desaparecido durante la madrugada del 1 de mayo. El 14 de julio de ese mismo año, Bundy dio muerte a Janice Ott, de 23 años, y a Denise Naslund, de 19, dos muchachas a las que raptó en el parque natural del lago Sammamish. Ese mismo día salió con Elizabeth a comer unas hamburguesas. Los testigos del rapto de Naslund y Ott hablaron de un sospechoso: un hombre con un brazo enyesado. La policía divulgó un retrato-robot. Tras verlo, Kendall empezó a atar cabos y, a pesar del miedo, telefoneó a la policía y les comunicó sus sospechas sobre su pareja. Le dijeron que su novio no se ajustaba al perfil del asesino. Lo descartaron como sospechoso.

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Bundy habría matado por lo menos a 30 mujeres. Algunos crímenes se demostraron en los juicios, otros los fue confesando él progresivamente como estrategia para retrasar su ejecución.

En septiembre de 1974, Bundy dejó a Kendall en Seattle y se fue a seguir sus estudios en Salt Lake City, en el estado de Utah. A pesar de las dificultades y de la distancia, siguieron juntos. Kendall se enteró de que en Utah habían desaparecido varias mujeres. Volvió a contactar con la policía, pero de nuevo no le hicieron caso. Enloquecida por pensamientos contradictorios, confesó sus miedos a su padre, médico. Este se negó a tomar cartas en el asunto. A estas alturas, Elizabeth necesitaba beber cada noche para perder el conocimiento y conciliar el sueño.

Nadie la escuchó. Pero hoy no culpa a nadie por ello. «Cuando hablé con la policía les dije cosas como ‘estoy segura de que no es él, él no puede ser’. Me tomarían por una chiflada». Molly interrumpe. «A ver, un momento. Era lógico que te sintieras confusa. Estabas enamorada de él, ¿verdad? Lo cierto es que comunicaste unos hechos a la policía, y se suponía que la policía tenía que hacer su trabajo y comprobar esos hechos».

Tras su primera detención, Bundy fue puesto en libertad y volvió a casa con Elizabeth. “Yo sabía que me usaba como tapadera, pero no me importaba si podía estar a su lado”

La policía finalmente detuvo a Bundy por primera vez en Utah en agosto de 1975, después de que intentara evadirse de un agente que le dio el alto en una zona residencial de madrugada. En el maletero de su coche hallaron seis máscaras, guantes, cuerda, una palanqueta de hierro y unas esposas.

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Bundy fue detenido por primera vez en 1976 y condenado a 15 años por el secuestro agravado de una mujer. Logró escapar de la cárcel dos veces: una estuvo prófugo seis días; la segunda, dos meses, tiempo suficiente para matar a otras tres mujeres.

Bundy se convirtió en el sospechoso número uno de numerosas desapariciones de chicas jóvenes. Los restos de sus víctimas iban apareciendo poco a poco. La opinión pública estadounidense estaba atónita. ¿Era posible que este alumno de derecho tan educado y bien vestido fuera un asesino en serie?

A pesar de sus anteriores sospechas, Kendall cambió de parecer cuando Bundy fue puesto en libertad bajo fianza antes del juicio. De repente se convenció de que lo acusaban sin fundamento. Cuando Ted se presentó en la puerta de su casa, volvió a acogerlo. «Yo sabía que él me necesitaba como tapadera, para contrarrestar la imagen de tipo raro construida por los medios de comunicación. Pero estaba dispuesta a asumir el papel que fuese si con ello lograba seguir a su lado», contó Kendall hace unos años. Unas palabras que no parecen proceder de la mujer cálida y empática que tengo delante de mí.

Bundy fue condenado y encarcelado por uno de sus crímenes. Pero, en diciembre de 1977, cuando las acusaciones por otros asesinatos ya pendían sobre su cabeza, se las arregló para escapar de la cárcel en Colorado. Había perdido peso, el suficiente para escabullirse por un conducto de aire que discurría por el techo de su celda. Huyó a Florida, donde acabó con las vidas de por lo menos tres chicas más, entre ellas la niña Kimberly Leach, de 12 años.

Alcohol y drogas para intentar superarlo

Durante mucho tiempo, Molly se sintió particularmente hundida por el asesinato de Kimberly, una niña de su misma edad. Hasta hace poco su mente rebobinaba el crimen una y otra vez. «Me he pasado la vida entera sufriendo y llorando por lo sucedido, pero he terminado por comprender que mis lágrimas no van a devolverle la vida. Y que tengo que dejar de martirizarme».

Tanto la madre como la hija niegan sufrir el síndrome conocido como ‘de remordimiento por haber sobrevivido’. «La gente da por sentado que tengo ese síndrome, pero yo no lo creo», dice Molly en tono firme. «Las muertes de todas aquellas mujeres son un horror, claro, pero no me siento culpable por seguir con vida. Mi muerte no habría evitado esos asesinatos».

Pasados los años, Kendall volvió a casarse, pero su matrimonio no tardó en irse a pique. Para entonces, Bundy había vuelto a prisión y estaba condenado a muerte.

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En 1979 fue juzgado por lo que se llamaron ‘los crímenes de la década’. Se lo condenó a la silla eléctrica. Bundy negó las acusaciones y afirmó ser víctima de una farsa. Fue electrocutado en enero de 1989.

¿Qué siente Kendall al pensar en Bundy hoy? «Trato de no plantearme si lo he perdonado o no lo he perdonado. Lo único que quiero es quitármelo de la cabeza». Molly es más tajante. «Yo lo resumo en tres palabras: un bicho perverso».

Ambas han tenido problemas de adicciones. Kendall dejó de beber a finales de los años setenta, pero Molly lidió con el alcoholismo y las drogas durante largo tiempo. «Me sentía como un conejo atrapado en su madriguera. Lo que quería era morirme», dice. Lleva 13 años sin probar el alcohol. Cuenta que le resultó de gran ayuda comenzar a escribirse con Vivian Winters, la madre de Susan Rancourt, asesinada por Bundy cuando tenía 18 años. Molly le dijo que llevaba toda la vida sufriendo por Rancourt y las demás víctimas y Winters la ayudó en su proceso de recuperación.

Sabedoras de que el caso Bundy sigue atrayendo a «gente rara», las dos se cuidan de dar muchos detalles sobre su vida actual. También las inquieta que las familias de las víctimas puedan tomarse a mal su participación en la nueva serie. Se decidieron a hablar en público tras ver que numerosas víctimas de violencia sexual daban la cara espoleadas por el movimiento #MeToo. «Es un lugar común, pero mantener las cosas en secreto no es bueno», dice Kendall.

Elizabeth cuenta que durante mucho tiempo tuvo unas pesadillas terribles protagonizadas por Molly, Bundy y la policía. ¿Sigue teniéndolas? «Nunca fui partidaria de la pena de muerte, pero las pesadillas fueron atenuándose después de que él desapareciese del planeta».

 

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