Quizás usted nunca se ha detenido a pensar que a la llegada de los invasores europeos, aquellos pueblos que habitaban estas tierras, eran los dueños de ellas.
Eran personas felices y libres como los pájaros, cada uno amando, cuidando la tierra como un tesoro único, respetándola y adorándola como a un dios, con todo lo que existe dentro y fuera de ella dándole sentido a la vida.
Quizás usted nunca ha tomado en cuenta que lo tenían todo, incluyendo, cultura, ciencia, arte, una lengua y una religión. Piénselo. Eran personas a las que no les hacía falta nada, gente buena, limpia y pura que no merecían tanto daño.
Ningún invasor compró derechos de nada. Solo vinieron y tomaron lo que querían. Y para hacerlo cometieron los crímenes más abominables.
Hoy la Europa moderna muestra un rostro de grandeza y sus elocuentes políticos nos dan lecciones de honradez y moral, nos dictan normas de comportamiento, nos dicen: así es como deben ser y vivir, pero detrás de sus portes imponentes hay cinco siglos de ríos de sangre y saqueo que cuentan la verdadera historia.
El premio nobel de la literatura, el escritor portugués José Saramago lo dejó dicho: “Recordad que, los pueblos indígenas de América llevan cinco siglos de humillación.
Les robaron sus idiomas, les robaron sus creencias, les robaron su tierra, les robaron sus dioses.
Les robaron todo, todo, todo, todo. No tengamos ninguna ilusión: lo que ocurrió fue una extorsión, un robo montado con eficacia y acompañado de la imposición de una nueva religión que, casualmente, es una religión también de humillación, de negarse a sí mismo. Hay algo de maquiavélico en todo este proceso que ya lleva, se arrastra, quinientos años”.

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